El texto explora desde una perspectiva arqueo-genealógica la estigmatización olfativa históricamente atribuida a los homosexuales, vinculándolos al hedor como marcador de desviación sexual. A partir de ejemplos en discursos religiosos, legales y médicos desde la Edad Media hasta el siglo XX, se revela cómo el olor ha sido usado para justificar prejuicios y políticas discriminatorias. Argumenta que, aunque la biopolítica moderna individualiza el manejo corporal, la estigmatización grupal perdura, alimentada por discursos homofóbicos contemporáneos. La obra sugiere que el neoliberalismo actual combina estas prácticas con retóricas autoritarias, perpetuando divisiones socio-olfativas.